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SECRETOS DE VIAJE

Roca Blanca

la maravilla de una playa oaxaqueña sin multitudes

Por Judith Campiña

La costa oaxaqueña esconde una de las playas más serenas y solitarias del Pacífico, en la que, por suerte, lo único que hay que hacer es disfrutar el atardecer y el clarísimo azul del mar.

A menos de una hora en carretera desde Puerto Escondido se encuentra Roca Blanca, una playa que —a diferencia de otras en la costa de Oaxaca, en las que las fuertes olas, el surf y la fiesta incansable son los principales atractivos— ofrece quietud, silencio y naturaleza.
La playa, de aproximadamente seis kilómetros de largo, debe su nombre a un peñasco blanco que, a unos 300 kilómetros de la costa, detiene la fuerza de las olas. Así, aunque el oleaje puede ser intenso, siempre está amortiguado por esta formación rocosa que, además, es hábitat de pelícanos, gaviotas y otras aves marinas. Su particular blancura, de hecho, es resultado del guano que las aves depositan en la roca y que funciona como sustrato natural.
A esta playa se viene a descansar en serio sobre su arena delgadita y marrón, a disfrutar de los sonidos provenientes del mar y de algunos muy poquitos viajeros que la conocen, pues este lugar está fuera de las rutas más exploradas. El mejor momento para venir es entre semana y conviene traer tus propios alimentos, aunque, con suerte, podrás probar la pesca del día en alguna de las contadas palapas que están a la orilla. Hay que asegurarse de estar aquí a tiempo para ver el atardecer: cuando el sol cae sobre un horizonte como el de Roca Blanca parece que el tiempo se detiene; es un espectáculo natural de colores tan intensos y vibrantes como sólo pueden verse en el Pacífico, y una postal inolvidable.

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